Abrí los ojos por primera vez en un pequeño pueblo del noreste del país cuyo nombre suele suscitar la pregunta de por qué habrán nacido allí tantas figuras destacadas en diferentes ramas artísticas e intelectuales. Un pueblo donde, a mediados de los años cincuenta, no existían una biblioteca ni una estación de radio, y apenas ocho familias económicamente pudientes, mayormente de comerciantes, disfrutaban de tener en su hogar un aparato receptor de radio. Hablo de Pimentel, provincia Duarte.
José Alfredo Achécar, propietario de la Farmacia Achécar, era un amante de la radiodifusión y la publicidad. Adquirió un equipo de altoparlantes con una bocina tipo campana, que colocó en la parte exterior más alta del local.
A través de ella transmitía música, juegos de Grandes Ligas y también programas producidos localmente, incluidos algunos que dieron a conocer la poesía romántica de autores tanto famosos como locales. Esto indica que, desde entonces, se fue gestando el despertar hacia la poesía que motivó a tantos lugareños a escribir e inspiró la creación del grupo literario Amidverza (Amigos de la Verdad y la Belleza), que orientó Manuel Mora Serrano, nuestro Premio Nacional de Literatura. Se transmitían también saludos e información sobre la llegada de medicinas y cosméticos. Un equipo de cuatro locutores tenía a su cargo la programación propia de una estación radial. Como para entonces los habitantes del pueblo eran unas 4,000 almas, lo transmitido por allí llegaba hasta el último rincón habitado de la aldea. Era, prácticamente, una emisora sin radiodifusión.
Como el objetivo del farmacéutico iba más allá, solicitó la asignación de una frecuencia que permitiera trascender las fronteras urbanas para llegar a los campos cercanos, desde donde los campesinos llevaban al pueblo las recuas de caballos y burros cargados de arroz, cacao, café, maíz, etc.
Le fue concedida y así nació La Voz de Quisqueya, cuya antena era una larga vara de bambú. Fue en ella donde surgió, dando demostraciones de excelencia en voz y pronunciación, el más famoso de los locutores que ha producido Pimentel: Osvaldo Cepeda y Cepeda.
Por razones de prudente conveniencia, José Alfredo Achécar decidió vender la farmacia y trasladar la radioemisora a San Juan de la Maguana, donde poco tiempo después, debido a sus valientes opiniones vertidas a través del micrófono, fue asesinado vilmente por agentes de la dictadura.
Yo no viví esa etapa histórica por razones de edad. Mi primer romance con el micrófono comenzó cuando Herminio Rivera, uno de los zapateros del pueblo, me dijo un día con su engolada voz: «Oiga, compadre, usted como que tiene voz de locutor».
Para entonces estudiaba, participaba como oyente en los encuentros literarios de Amidverza y mi gran afición era el cine, pero no disponía del dinero para ver la película que se estrenaba semanalmente en el Teatro Matuán. Allí se colocaba una bocina hacia afuera, en el frente, para anunciar el nombre de la película, el precio de la entrada y la hora de proyección. Se me ocurrió acercarme al arrendatario y ofrecerle hacer el trabajo de «anunciador» a cambio de que me permitiera ver la película. Ahí hablé por primera vez ante un micrófono y así practiqué modulaciones y matizaciones motu proprio.
Otro impulso motivador hacia la locución ocurrió cuando un gran amigo, compañero de Amidverza y de aventuras, obtuvo el carné de locutor, acontecimiento que celebramos en grande. Ese amigo se convertiría en uno de los más notables narradores deportivos que ha conocido el país: Mendy López.
A mis dieciséis años, sin cédula y sin haber concluido el bachillerato, mi familia debió enviarme a la capital por razones económicas de fuerza mayor. Llegué con 25 centavos en los bolsillos y los ruedos de los pantalones llenos de lodo, pero no precisamente a buscar una oportunidad como locutor, sino como oficinista. En esas funciones conocí a la esposa de uno de los coautores del himno del 14 de Junio y fundadores de ese movimiento revolucionario. Ella, al igual que el zapatero Herminio, elogió mi tono de voz y me preguntó si me gustaría pasar a la radio. Fue así como empecé a leer noticias en el programa políticamente candente que producían el ingeniero Vinicio Echavarría y su hermano Rubén Irok en Onda Musical, y obtuve mi carné de locutor en un momento en que, como diría Denis Mota, «la juventud era un oficio peligroso».
Por Norberto Rubio
