Hay libros que registran una época y otros que, sin proponérselo, consiguen devolverle la vida. “La Misericordia y sus contornos” de Francisco Veloz Molina —Don Pancho—, padre de nuestro inolvidable maestro y amigo Don Marcio Veloz Maggiolo, pertenece a esta segunda categoría.
Sus páginas reconstruyen, con una memoria extraordinariamente detallada, la vida cotidiana de Santo Domingo entre 1894 y 1916: sus calles, sus oficios, sus comercios, sus mercados, sus personajes y, de manera particular, la forma en que los habitantes de aquella ciudad se procuraban los alimentos.
El valor de esta obra trasciende el costumbrismo. Como ha señalado su hijo, el escritor y antropólogo Marcio Veloz Maggiolo, se trata de un registro de numerosos pormenores de la vida cotidiana que, de otro modo, se habrían perdido irremediablemente.
No es casual que historiadores como Harry Hoetink y escritores como Juan Bosch hayan recurrido a ella para aproximarse a distintos aspectos de la sociedad dominicana.
https://resources.diariolibre.com/images/2026/09/08/picture2-1-e0281c3e.jpgPuerta de San Diego y ruinas del Alcazar de Colón en 1908. (CEDIDA POR BERNARDO VEGA)
La dimensión urbana que Veloz Molina describe puede apreciarse también en el testimonio de Francisco Moscoso Puello, quien en Navarijo evocó aquellas calles estrechas, sin aceras y cubiertas de yerba, por donde transitaban perros, burros, caballos, chivos y cerdos, mientras se cruzaban figuras como Francisco Xavier Billini, Manuel de Jesús Galván, Eugenio María de Hostos, Emiliano Tejera, Félix María del Monte, José Gabriel García y Salomé Ureña de Henríquez.
En ese escenario transcurría una vida muy distinta de la actual.
Hoy basta abrir una nevera, encender una cafetera eléctrica o introducir un alimento en un microondas para resolver en pocos minutos una parte del desayuno. En la Santo Domingo de finales del siglo XIX y comienzos del XX, alimentarse exigía mucho más.
Conseguir agua, conservar los alimentos, encender el fuego, comprar los ingredientes y preparar la comida formaban parte de una compleja rutina doméstica. La escasez de agua, las limitaciones para almacenar alimentos y la precariedad de los medios de conservación hacían de la alimentación una tarea cotidiana que requería tiempo, esfuerzo y organización.
El agua se conservaba en tinajas. Gómez Alfau recuerda el antiguo tinajero, coronado por una piedra filtrante, y el jarro de hojalata utilizado para extraer el agua fresca.
Por Norberto Rubio
