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Deber de un hijo

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Unos veinte años atrás, mi hijo tuvo como tarea escolar confeccionar el árbol genealógico de la familia, incorporando fotografías y breves historias de sus padres, abuelos, bisabuelos y, en algunos casos, hasta de sus tatarabuelos. El proyecto escolar terminó convirtiéndose en un ejercicio de interés familiar, pues nos exigió mirar hacia atrás, reconstruir historias y conocer mejor nuestras raíces.

Recuerdo particularmente a mi padre observando aquel álbum y reflexionando sobre la importancia de conocer de dónde venimos. En ese momento no presté demasiada atención a su comentario, pero sus palabras quedaron en mí, como esas semillas que permanecen bajo tierra durante años esperando las condiciones propicias para germinar.

En estos días, mi padre, publicó su autobiografía, Traté de Merecer mi Existencia, en la que recorre sus principales vivencias y aportes a la economía dominicana a lo largo de más de sesenta años de ejercicio profesional, tanto en el sector público como en el privado. No se limita a describir las posiciones que ocupó o los acontecimientos en los que participó. A través de sus páginas aparece también algo quizás más importante: la forma en que entendió el ejercicio profesional, el servicio público y, sobre todo, la responsabilidad que acompaña a nuestras decisiones.

Al leerlo, me hizo recordar aquella semilla sembrada veinte años atrás. En la familia Despradel Roques, el servicio público formaba parte su cotidianidad. Su bisabuelo Fidelio, abogado y juez, fue ministro de obras públicas, y ministro de justicia, entre otras responsabilidades. Su padre, Arturo, también abogado, fue rector de la Universidad de Santo Domingo, canciller de la república, y embajador en varios países. Mi padre, desde su profesión de economista, continuó ese camino de servicio, ocupando distintas posiciones de alta responsabilidad en el Estado dominicano y participando activamente durante décadas en la vida económica del país. Pero el servicio no se limitaba al ejercicio de funciones públicas. Mi abuela y, con ella, las hermanas Roques Martínez lo asumieron desde otra de las grandes vocaciones humanas: educar.

Por ese árbol genealógico corría, por tanto, una misma savia: la vocación de servir. Algunos lo hicieron desde el Estado; otros, desde las aulas. En sus raíces se afianzaban valores como la responsabilidad, integridad, justicia, honestidad, rectitud y dignidad.

Quien conozca a los hermanos de mi padre posiblemente llegue pronto a una conclusión: difícilmente podrían ser más distintos entre sí. Diferentes temperamentos, distintas profesiones, maneras muy particulares de enfrentar la vida y de expresar sus convicciones. Sin embargo, detrás de esas diferencias existe una base común. Los valores son esencialmente los mismos; cada uno los ha interpretado y aplicado a su manera.

Quizás esa sea una de las enseñanzas más importantes que transmite una familia. No heredamos instrucciones precisas sobre cómo vivir. Heredamos principios. Luego corresponde a cada generación decidir cómo convertirlos en conducta.

Esta tarea parece cada vez más compleja. Vivimos en una época en la que lo inmediato se ha convertido en norma, los estímulos de la hipercomunicación son constantes y desenfocan, y donde con demasiada frecuencia lo material se confunde con el éxito. Estamos permanentemente expuestos a opiniones, imágenes, juicios y recompensas instantáneas. En medio de tanto ruido, discernir entre lo conveniente y lo correcto, entre lo permitido y lo debido, puede resultar cada vez más difícil.

Por eso es tan importante contar con un buen contrapeso. Este árbol no es solamente una colección de nombres, fechas y fotografías antiguas. Representa un mapa de responsabilidades. Nos recuerda que nuestra historia no comenzó con nosotros y que nuestras decisiones tampoco terminan en nosotros.

Con los años he llegado a pensar que, al final del día, una de las grandes responsabilidades de un hijo es devolver el apellido que le fue prestado en, por lo menos, las mismas condiciones en que lo recibió. No se trata de títulos, posiciones, reconocimientos ni patrimonio. Se trata de algo mucho más frágil y, al mismo tiempo, mucho más valioso: la reputación construida alrededor de un nombre y los valores que ese nombre representa para quienes vienen detrás.

Por Norberto Rubio

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