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Dionisio Blanco y el arte como sacerdocio

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El maestro de la plástica dominicana Dionisio Blanco repasa sus 56 años de trayectoria, su formación académica, la proyección internacional de su obra y su visión sobre el arte contemporáneo, la escultura y la inteligencia artificial.

Con más de cinco décadas dedicadas al arte, Dionisio Blanco habla de su oficio con la serenidad de quien ha hecho de la creación una forma de vida. Formado en San Cristóbal y luego en la Escuela Nacional de Bellas Artes, el artista dominicano ha desarrollado una obra marcada por el dibujo, la pintura, la escultura y una profunda reflexión sobre la condición humana.

En esta entrevista, el maestro aborda sus inicios, sus influencias, la importancia de los sembradores en su obra, su relación con figuras del arte internacional y su visión sobre el momento actual de las artes visuales.

El viaje ha sido largo, porque tengo 56 años en el arte. Ha sido un viaje agradable, porque he hecho lo que me gusta. Comencé en el liceo Pablo Claudio, de San Cristóbal, donde había formación en artes escénicas, música y pintura. También estudié música.

Luego pasé a la Escuela de Bellas Artes, donde comenzó mi formación académica. Esa formación es la que te ayuda a desarrollar una metodología para expresar tus ideas sobre la tela, el papel o mediante la escultura, trabajando con figuras tridimensionales.

Siempre me interesó más el dibujo que otras disciplinas, porque lo veía como una entidad completamente diferente de la pintura.En mi primer año fui ayudante de Pedro García de Villena, quien formó varias generaciones de artistas y era un excelente dibujante.

Después asistí a las clases de dibujo natural del maestro Jaime Colson, de quien fui discípulo. Estar cerca de él me permitió aprender mucho desde el punto de vista intelectual. Colson había sido amigo de Pedro Henríquez Ureña, quien lo llevó a México. Esas relaciones y las personas que estuvieron cerca de mí contribuyeron a mi formación.

También conocí a Andrés Avelino, quien era amigo de mis padres. Además de su formación intelectual, pintaba. Él me orientó sobre las lecturas que debía hacer a mi edad, con la autorización de mi padre.

Así comencé a conocer a los griegos, después a los romanos y más adelante las expresiones culturales de Francia, Alemania y Egipto. Todo eso contribuyó a ampliar mi visión.

Llegó un momento en que comenzaron los viajes y las exposiciones en Nueva York. Allí conocí a García Cisneros y al pintor cubano Agustín Fernández, quien fue muy amigo de André Breton y vivió en París durante la época en que se desarrollaba el movimiento surrealista.

Por Norberto Rubio

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