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Santo Domingo

El holocausto de Dessalines en la iglesia de Moca

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Hay acontecimientos en la historia que quebrantan las coordenadas de la razón y sumergen al ser humano en la perplejidad moral. Lo ocurrido el miércoles 3 de abril de 1805 en la iglesia de Moca no fue únicamente un episodio sangriento en la retirada de las tropas de Jean-Jacques Dessalines y Henri Christophe; fue una bisagra trágica que marcó la memoria histórica del pueblo dominicano y una manifestación palmaria de cómo la política despojada de ética que degenera en nihilismo.

Aquel miércoles, atrapados entre el cerco militar y la desesperación, cientos de mocanos acudieron al templo católico convocados a un supuestamente encuentro pacífico y Te Deum. La ilusión de la paz, como diría Baruch Spinoza, suele ser el refugio de los indefensos.

No obstante, lo que hallaron en el sagrado recinto fue la puesta en práctica de un maquiavelismo brutal: la instrumentalización del engaño para la aniquilación sistemática.

Al cerrar las puertas y arremeter a bayoneta y daga contra hombres, mujeres, ancianos y niños en plena plegaria, el ejército expedicionario no solo atacó vidas humanas; profanó la noción misma del santuario.

Desde la Antigüedad clásica hasta el derecho de gentes, la iglesia representaba un espacio de asilo divino, un límite ético frente a la voracidad de la guerra.

Al quebrantar ese límite, la masacre de Moca encarnó lo que la filósofa Hannah Arendt conceptualizó como la capacidad del hombre para infringir un mal radical: aquel que reduce a la persona a la nada absoluta, despojándola incluso de su estatus de víctima sagrada.

Las tropas de Dessalines venían en retirada, frustradas tras el fallido sitio a la ciudad de Santo Domingo frente al general francés Eugène Ferrand y la amenaza de las escuadras navales enemigas.

El repliegue a través del Cibao, dejando estelas de devastación en Monte Plata, Cotuí, La Vega y Santiago, expone el rostro más sombrío de la naturaleza humana: el paso del estado de derecho al estado de naturaleza hobbesiano, donde «el hombre es el lobo del hombre».

La derrota militar transformó la táctica en odio desenfrenado contra una población civil inocente como la de Moca.

Los relatos historiográficos recuerdan que solo dos personas lograron sobrevivir en Moca, sepultadas bajo una montaña de cadáveres.

Por Norberto Rubio

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