Por: Dr. Enrique Romero
En la historia de los pueblos, existen liderazgos que dejan huellas pasajeras y otros que marcan un antes y un después. El presidente Luis Abinader pertenece a este segundo grupo. Su gestión se ha distinguido por colocar la transparencia y la lucha contra la corrupción en el centro de la agenda gubernamental, respondiendo a un clamor social largamente postergado.
Desde el inicio de su mandato, el Presidente Abinader ha demostrado que la política no puede ser instrumento de privilegios personales ni de impunidad institucionalizada. Ha impulsado un estilo de gobierno donde las cuentas públicas se administran con claridad, se fortalecen los mecanismos de fiscalización y se apoya de manera decidida la independencia de los órganos de control y de la justicia. Estos hechos constituyen pruebas fehacientes de un compromiso que trasciende el discurso.
En un país donde, por décadas, la corrupción fue percibida como un mal endémico, la gestión actual ha devuelto la confianza ciudadana en que es posible construir un Estado íntegro, eficiente y al servicio de la gente. Esa firmeza en combatir las prácticas corruptas no solo responde a una exigencia ética, sino que constituye un pilar fundamental para el desarrollo sostenible de la nación.
El legado del presidente Abinader se escribe en tinta indeleble porque ha entendido que sin transparencia no hay democracia sólida, y que sin lucha contra la corrupción no puede haber justicia social. Su gobierno quedará registrado en la memoria histórica como el de mayor determinación en garantizar que la República Dominicana avance hacia un modelo de gestión pública donde la honestidad, la rendición de cuentas y el respeto a la ley no sean excepciones, sino reglas inquebrantables.
