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La industria cultural como estrategia de nación

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Como padre, he comenzado a observar con atención el universo cultural en el que crecen nuestros hijos. Ya no está dominado solamente por producciones norteamericanas. Hay contenido japonés, coreano, europeo, ruso y latinoamericano compitiendo cada segundo por su atención.

Eso no debería preocuparnos. Que nuestros niños conozcan el mundo es una ventaja.

La pregunta incómoda es otra: ¿qué estamos colocando nosotros del otro lado de la balanza?

Yo crecí en un país que producía sus propios referentes. Jack Veneno podía ser el héroe de cualquier niño frente al televisor. Freddy Beras Goico entretenía, pero también representaba responsabilidad pública. Fernandito Villalona, Johnny Ventura, Juan Luis Guerra, Los Hermanos Rosario, la Coco Band, Ramón Orlando o Ilegales formaban parte de una música dominicana capaz de reunir generaciones.

Sábado Chiquito, La Pinki y Tobogán podían convertirse en verdaderos toques de queda.

No idealizo aquella época. Aquellos contenidos tampoco fueron concebidos como instrumentos de educación patriótica. Precisamente por eso funcionaban: eran nuestros sin tener que anunciarnos que lo eran.

Nos daban personajes, música, lenguaje, humor y experiencias comunes. Mientras nos entretenían, contribuían silenciosamente a decirnos quiénes éramos.

¿Quiénes los sustituyeron? ¿Cuál es hoy el héroe dominicano que habita la imaginación de nuestros niños? ¿Qué producción nacional compite realmente por la atención de nuestros adolescentes?

No es fácil encontrar las respuestas. Y ese vacío también educa.

Existen esfuerzos valiosos como Trinitarios, La Familia Espejo o Pequeños Grandes Talentos. Pero son excepciones que sobreviven en un ecosistema incapaz de disputar, con escala y continuidad, la imaginación de una generación.

Por Norberto Rubio

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