El PRM nació para cambiar la política dominicana y ahora tiene por delante un desafío quizás más complejo: transformarse permanentemente a sí mismo para no morir de éxito.
Usualmente, las derrotas obligan a los partidos a cambiar. Ante ellas, se revisan métodos, liderazgos, discursos y estructuras. Cuando se gana, existe la tentación de pensar que aquello que funcionó ayer lo hará también mañana. Ahí reside una de las grandes paradojas del poder: lo que fortalece a una organización puede también reducir su capacidad para interrogarse. El PRM debe evitar ese camino.
En pocos años hemos construido una extraordinaria fuerza electoral. Bajo el liderazgo de Luis Abinader, pasamos de ser una organización joven y opositora a la principal fuerza política del país. Hemos ganado alcaldías, el Congreso y dos elecciones presidenciales consecutivas. Pero la historia política enseña que ninguna mayoría es permanente. Cada elección obliga a reconstruirla.
Hace más de dos siglos, Edmund Burke definió un partido político como una asociación de personas unidas alrededor de principios para promover conjuntamente el interés nacional. Su reflexión conserva vigencia porque establece una distinción fundamental: los partidos existen para organizar la competencia por el poder, pero encuentran su legitimidad cuando convierten ese poder en instrumento del interés general.
Esa idea deberá acompañarnos al tomar la decisión política más trascendente que tendrá el PRM en los próximos años: escoger nuestra candidatura presidencial para 2028.
Por primera vez desde que fundamos el partido, el PRM deberá presentar al país una candidatura presidencial distinta. No estaremos escogiendo simplemente quién aparecerá en una boleta, sino definiendo el liderazgo llamado a representar una nueva generación. Los partidos exitosos corren el riesgo de mirarse demasiado a sí mismos: quién tiene más dirigentes, estructuras o respaldos internos. Todo eso importa, pero no es suficiente. Porque una cosa es ganar un partido y otra muy distinta es inspirar a un país.
Antes de preguntarnos quién debe encabezar nuestra candidatura, deberíamos hacernos una pregunta más importante: ¿qué liderazgo necesita la República Dominicana para la próxima década?
La respuesta, a mi juicio, debe comenzar por tres condiciones: capacidad de gobernar, de unir y de interpretar el futuro.
Gobernar supone experiencia, sensibilidad social, resultados y firmeza para decidir. Unir exige escuchar, generar confianza, construir consensos y conectar más allá de nuestras fronteras partidarias. Interpretar el futuro requiere comprender que el país de 2028 no será el de 2020. La transformación tecnológica, los cambios demográficos y una ciudadanía cada vez más exigente modificarán las preguntas que la política tendrá que responder. Uno de los mayores errores de la política consiste precisamente en ofrecer respuestas de ayer a las preguntas de mañana. El próximo liderazgo tendrá que hablarle al país del futuro.
En una sociedad menos determinada por las lealtades políticas tradicionales, será especialmente importante la capacidad de convocar a independientes, jóvenes, sectores productivos y ciudadanos sin identidad partidaria. No debemos mirar únicamente las fuerzas que ya tenemos. Las mayorías democráticas no se heredan: se construyen.
Por Norberto Rubio
