París ya no es la ciudad luz, es la ciudad de la protesta. Y la responsabilidad tiene un nombre: Emmanuel Macron.
Macron perdió las últimas elecciones y no fue capaz de renunciar. En lugar de respetar la voluntad popular, violó el pacto no escrito de la cohabitación que obliga al Presidente a nombrar un Primer Ministro que refleje la mayoría del Congreso. Prefirió atrincherarse en el Elíseo.
Cada día su impopularidad lo deslegitima más. No gobierna, resiste. Y mientras resiste, París se hunde.
La causa profunda es el costo de la vida. Macron ha cogido el dinero de los contribuyentes franceses para financiar la guerra de Ucrania y para prepararse para una guerra imaginaria con la Federación Rusa. Miles de millones que faltan en hospitales, en pensiones, en el poder adquisitivo de las familias, y que se van en cañones y en la retórica belicista de la OTAN.
Todas esas condiciones han creado una tormenta perfecta. Y quien la ha desatado es la juventud.
Es una juventud que no quiere ir a morir en los campos de Ucrania. Una generación que no cree en la guerra que le quieren vender. Por eso se ha revelado contra el gobierno y, de forma pacífica, ha salido a la calle.
No son vándalos. Son jóvenes buscando libertad y democracia contra el autoritarismo de Macron. Reclaman lo más elemental: que el dinero de Francia sea para los franceses, que se respete el voto y que se acabe el gobierno por decreto.
París arde, pero no por los jóvenes. París arde por un presidente que perdió, que no se fue y que convirtió el autoritarismo en política de Estado.
Franklin Rosa
