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Santo Domingo

¡MAL ARBORIZAR CON PALMERAS ES HACER UNA DECORACIÓN URBANA APÓCRIFA

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Reynaldo Peguero
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Sugerir a los alcaldes que arboricen las ciudades principalmente con palmeras y palmas es confundir ornamentación con arborización urbana y, en determinados contextos, debilitar las políticas de adaptación climática. Las palmeras pueden tener valor paisajístico y cultural, pero sus reducidas copas, limitada superficie foliar y escasa capacidad de generar sombra horizontal las convierten, por sí solas, en una opción insuficiente para reverdecer ciudades sometidas a temperaturas crecientes.

Esto es particularmente importante en Santo Domingo y Santiago, las dos principales concentraciones urbanas de República Dominicana y espacios de intensa actividad residencial, comercial, turística y de servicios. En ellas, la arborización no debería diseñarse solamente para que las calles “se vean bonitas”, sino para reducir el calor urbano, capturar contaminantes, manejar las aguas de lluvia, proteger al peatón, mejorar el paisaje y elevar la calidad de vida.

Una ciudad verdaderamente verde no se construye sembrando especies decorativas de manera indiscriminada. Se construye mediante una infraestructura verde planificada, conectada con el ordenamiento territorial, la movilidad, el espacio público, la gestión del agua y las estrategias de adaptación y mitigación frente al cambio climático.

Por eso, los instrumentos de ordenamiento territorial de nuestras ciudades deben pasar de la norma escrita a la aplicación efectiva. Si las áreas verdes, los corredores ecológicos, las franjas de protección, los retiros y la arborización vial forman parte de la planificación urbana, también deben existir mecanismos para hacer cumplir esas disposiciones.

La cuestión es sencilla: arborización no es igual a ornato prosaico ni a decoración urbana vulgar. Mucho menos consiste en colocar palmeras porque “la ciudad se ve bonita”. El árbol adecuado debe cumplir funciones ambientales concretas.

EL ÁRBOL COMO INFRAESTRUCTURA URBANA

Un árbol urbano apropiadamente seleccionado puede convertirse en una verdadera pieza de infraestructura ambiental. Dependiendo de la especie, edad, tamaño, clima y condiciones del suelo, los árboles capturan carbono, retienen partículas contaminantes, interceptan agua de lluvia, ofrecen sombra y contribuyen a disminuir la temperatura de superficies y espacios urbanos.

Las hojas y ramas también funcionan como superficies de captura de partículas de polvo y otros contaminantes atmosféricos. Por ello, en avenidas de intenso tráfico vehicular, la selección de especies debe responder a criterios técnicos: densidad de copa, tolerancia a la contaminación, raíces, altura, resistencia al viento, necesidades de agua, compatibilidad con aceras y redes de servicios y capacidad de generar sombra.

Santiago posee además una extraordinaria oportunidad para recuperar y fortalecer su patrimonio vegetal. Especies como el samán, el roble amarillo, la caoba y el guayacán, entre muchas otras especies nativas o adaptadas, pueden formar parte de una estrategia de arborización urbana mucho más diversa y funcional.

La ciudad no necesita únicamente árboles aislados. Necesita corredores verdes, bosques urbanos, parques arborizados, avenidas con sombra, riberas recuperadas y redes de espacios verdes conectados.

PALMERAS SÍ, PERO NO COMO SUSTITUTO DEL BOSQUE URBANO

El problema, por tanto, no es demonizar las palmeras. El problema es convertirlas en la respuesta dominante a la necesidad de reverdecer nuestras ciudades.

Una palma puede embellecer un paseo, marcar una entrada, acompañar una plaza o reforzar determinada identidad paisajística. Pero una sucesión de palmeras no equivale a un bosque urbano. Una ciudad necesita diversidad vegetal y estratos de vegetación, combinando árboles grandes, medianos y pequeños, arbustos, cubresuelos y otras especies compatibles con cada espacio.

La diferencia es fundamental: una palmera ornamental puede aportar identidad visual; un árbol de amplia copa puede aportar, simultáneamente, sombra, regulación microclimática, captura de partículas, almacenamiento de carbono, hábitat para biodiversidad y confort peatonal.

Por eso resulta preocupante que algunos proyectos de embellecimiento vial sean presentados como grandes programas de arborización cuando, en realidad, responden principalmente a una lógica ornamental.

ARBORIZAR ES TAMBIÉN SALUD PÚBLICA

La arborización urbana debe ser entendida como una política de salud pública. Las copas de los árboles ayudan a reducir la exposición directa al sol y pueden disminuir significativamente la temperatura percibida en espacios urbanos. En determinados contextos, la vegetación puede contribuir a reducir varios grados la temperatura local, especialmente cuando se combina con sombra, suelos permeables y adecuada gestión del agua.

Esto tiene consecuencias directas sobre la experiencia cotidiana de la población. Una acera con sombra invita a caminar; una acera expuesta permanentemente al sol desalienta al peatón.

La presencia de áreas verdes de calidad también se relaciona con bienestar psicológico, reducción del estrés y mayores oportunidades para la actividad física y la convivencia social. Por eso, sembrar árboles alrededor de escuelas, hospitales, viviendas, edificios públicos, centros comerciales y corredores peatonales no debe verse como un lujo paisajístico.

Es una inversión en calidad de vida.

Asimismo, la ubicación estratégica de árboles alrededor de edificaciones puede reducir la ganancia térmica y, por consiguiente, disminuir la demanda de climatización. Pero este beneficio depende de la especie, orientación, tamaño de la copa, ubicación y diseño arquitectónico. De ahí la necesidad de que arquitectos, urbanistas, paisajistas e ingenieros trabajen conjuntamente.

SANTIAGO NECESITA UNA REVOLUCIÓN VERDE

Santiago tiene condiciones excepcionales para convertirse en referencia nacional de arborización urbana. Su planificación debe avanzar hacia una concepción donde cada avenida, parque, río, cañada, espacio público y proyecto inmobiliario sea evaluado también por su aporte a la estructura verde de la ciudad.

El Jardín Botánico Nacional, los viveros municipales, instituciones académicas, organizaciones ambientales y productores privados pueden contribuir a una gran estrategia de reproducción y suministro de especies apropiadas.

El objetivo debería ser construir una red de arborización nativa, endémica y adaptada, científicamente seleccionada y territorialmente distribuida.

Porque una ciudad verde no es aquella que tiene más plantas decorativas. Es aquella donde la vegetación cumple funciones ambientales, sociales, económicas y ecológicas medibles.

Llegó el momento de superar la visión de la palma como símbolo automático de modernidad y belleza urbana. La verdadera modernidad está en construir ciudades capaces de soportar el calor, absorber agua, limpiar aire, proteger peatones, conservar biodiversidad y ofrecer espacios públicos saludables.

Palmeras, sí. Pero árboles de sombra, también y sobre todo.

Porque arborizar no es decorar la ciudad: es construir infraestructura verde para sobrevivir y vivir mejor en ella.

  1. CIDEU www.cideu.org
  2. ⁠ONU-Habitat www.onuhabitat.org
  3. ⁠Ciudades Emergentes y Sostenibles BID.

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