Del arte pictórico sé poco. Casi nada. Precisamente, esa ignorancia me proporciona la valentía para hablar de pintura. Quien sabe conoce las escuelas, las técnicas, las influencias y los códigos; quien no sabe, como yo, tiene la impunidad de mirar y dejarse llevar. Exento del rigor que impone el conocimiento, a las pinturas les imparto mi sello personal. Mis aprehensiones no son otra cosa que la composición mental que me hago al observarlas.
Tampoco son interpretaciones estáticas porque, como la realidad misma, están sujetas a las volubilidades del ser, a los estados de ánimo, a esa subjetividad que todos cargamos. Un mismo cuadro puede decirme algo por la mañana y otra cosa por la noche. La pintura permanece; quien la mira cambia.
Me gusta el arte dominicano y no solo por su distancia razonable de mi bolsillo, sino porque arrastra, aun sin proponérselo, los sedimentos culturales que son parte de mi existir. Con esas creaciones me siento como en casa y por eso las tengo en los muros del hogar. Nuestros artistas están impregnados de nuestros mares, soles, colores y música. También de nuestras luces violentas y sombras repentinas, de la exuberancia del trópico y de una insularidad que inevitablemente condiciona la mirada. De ese mosaico se alimenta un talento inconmensurable que vuelcan en los lienzos donde muta en mensajes vibrantes a los que después nos toca asignar significado.
Dos pinturas de Félix Brito me acompañan desde hace algún tiempo. No están colgadas en un salón reservado para las visitas ni forman parte de una colección que se contempla ocasionalmente. Habitan el espacio más íntimo de la casa: mi habitación. Una está a la entrada; la otra, sobre el lecho. Las veo al acostarme y al despertar, al entrar y al salir. De tanto mirarlas han terminado incorporadas a la rutina y, quizás por eso, dejaron de ser objetos inmóviles.
Cada día se repite el ritual. Despunta con la mañana y se recoge en la noche, en una secuencia casi onírica: dormir, despertar, entrar y salir de la realidad, soñar y tropezar con el día y sus avatares. Los dos Brito presiden esa ceremonia cotidiana.
La mujer desnuda frente al mar, la que está sobre el lecho, es la más inquietante de las dos y también la más abierta a interpretaciones.
Ocupa el centro sin parecer que pose. Está sentada, suspendida en un instante fuera del tiempo. Su desnudez no sugiere erotismo, sino vulnerabilidad, aislamiento y una serenidad extraña. Mira hacia algo que nosotros no vemos. Está allí, pero su atención pertenece a otro lugar.
El azul domina absolutamente la composición. Mujer, cielo, mar y tierra parecen hechos de una misma sustancia. Brito disuelve las fronteras entre cuerpo y paisaje. La figura se vuelve casi isla: emerge sola en un universo azul, rodeada por un mar inmóvil y bajo un cielo sin referencias.
No es casual que yo vea una isla donde quizás el pintor solo quiso colocar una mujer frente al mar. Ahí comienza la apropiación personal de la pintura. Quien vive en una isla termina encontrándola en todas partes: en el horizonte que limita y a la vez invita a partir, en el mar que encierra y comunica, en la sensación contradictoria de pertenecer profundamente a un lugar y sentir curiosidad por cuanto existe más allá de sus costas.
Dos elementos rompen la quietud. A la izquierda, una paloma blanca se posa —o acaba de posarse— sobre el brazo extendido. También podría estar iniciando el vuelo. Esa ambigüedad me resulta esencial. Si llega, representa el encuentro, la compañía, quizá la esperanza que finalmente alcanza a la mujer aislada. Si parte, significa exactamente lo contrario: la libertad que se ofrece y puede escapar.
Por Norberto Rubio
