Para millones de personas, decir adiós a las vacaciones rara vez supone un regreso gradual: se parece más bien a un aterrizaje forzoso en el ritmo frenético de las prisas cotidianas.
De golpe, los días se saturan de propósitos casi inalcanzables, listas de metas pendientes, nuevas formaciones y jornadas repletas de citas urgentes para resolver lo que se quedó en pausa durante el verano.
Sin embargo, la respuesta colectiva ante este aluvión no suele ser pisar el freno, sino apretar aún más el acelerador: alarmas a las cinco de la madrugada para meditar, relojes inteligentes para contar los 10,000 pasos diarios y aplicaciones móviles dedicadas a fiscalizar cada minuto de descanso.
La paradoja contemporánea es evidente: hemos transformado hasta el reposo en una métrica de rendimiento más. Y es justo frente a esta espiral de exigencia donde cobra fuerza una alternativa que llega desde los Países Bajos, con una fórmula tan sencilla como revolucionaria: el “niksen”.
La palabra proviene del neerlandés “niks” (“nada”), pero adopta la fuerza de un verbo: “niksen”, o lo que es lo mismo, la decisión consciente de no hacer absolutamente nada.
Pero esto no significa devorar varios capítulos seguidos de una serie, perderse en un bucle infinito de redes sociales ni seguir una sesión de respiración mirando de reojo el reloj.
En su sentido más puro, practicar “niksen” supone entregarse al descanso libre de cualquier utilidad. Puede ser tan simple como contemplar las gotas de lluvia resbalar por el cristal, sentarse en un parque a ver el viento mecer los árboles o quedarse mirando al techo mientras los pensamientos flotan sin rumbo fijo.
El concepto dio el salto al debate internacional en la primavera de 2019.
Fue entonces cuando la escritora y periodista Olga Mecking publicó en The New York Times el reportaje The Case for Doing Nothing (El caso de no hacer nada), un texto que despertó una fascinación global que ella misma plasmaría más tarde en su libro Niksen: Embracing the Dutch Art of Doing Nothing.
La paradoja es que, en su propia tierra, esta práctica no goza de la misma admiración que fuera de sus fronteras.
Por Norberto Rubio
