Reynaldo Peguero
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La celebración del 41 período de sesiones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) en Santiago, constituye mucho más que un acontecimiento protocolar. Es una oportunidad para que América Latina y el Caribe observen directamente una ciudad que, desde su raíz agrícola hasta su actual plataforma industrial y exportadora, ha contribuido de manera sostenida a la transformación económica y política de República Dominicana. La propia CEPAL ha definido a Santiago como el segundo polo económico e industrial del país, corazón productivo del Cibao y sede de una de las plataformas de zonas francas más sólidas de la nación.
Por eso corresponde felicitar al Gobierno dominicano, al Ministerio de Relaciones Exteriores (MIREX) y a su ministro Víctor Bisonó, así como al presidente Luis Abinader, por la realización de esta importante sesión internacional en Santiago. Igualmente, merece reconocimiento la vicepresidenta Raquel Peña, por la presencia activa del Gobierno en una agenda que proyecta a Santiago y al Cibao como territorios de producción, innovación, inversión, integración y transformación.
La propia programación de la CEPAL 41 confirma que Santiago no es solamente el escenario físico de la reunión: la agenda incorpora visitas vinculadas con la industria, la tradición tabacalera, la cultura, el turismo y otros activos representativos de Santiago y la región. Pero para comprender plenamente lo que Santiago representa hoy conviene mirar hacia atrás. Propongo cuatro precisiones históricas y económico-políticas.
DEVASTACIONES DE OSORIO: fractura colonial que terminó reordenando el territorio cibaeño
Las devastaciones de 1605-1606, ordenadas por el monarca español Felipe III durante el gobierno de Antonio de Osorio, constituyeron una de las grandes rupturas de la historia colonial de la isla.
Su propósito estuvo asociado al control territorial y comercial de la parte occidental y septentrional, afectada por el comercio ilícito con potencias europeas. El Archivo General de la Nación conserva incluso una obra fundamental de Manuel Arturo Peña Batlle dedicada específicamente a este proceso histórico. La paradoja es que una política concebida para controlar y despoblar determinados espacios terminó contribuyendo al reordenamiento económico y demográfico del territorio norte.
Con el tiempo, el Cibao desarrolló una economía agraria distinta a la gran plantación dominante cañera o los cortes madereros en otras áreas de la isla. Se fortaleció una estructura de productores minifundistas, pequeños propietarios y comerciantes conectados con mercados regionales, europeos y de Estados Unidos.
Ahí comienza una de las claves de Santiago. La ciudad se convirtió en articuladora de una economía territorial que no dependía exclusivamente de la concentración de la tierra, sino de miles de productores conectados con comerciantes, transportistas, almacenistas y exportadores.
EL MINIFUNDIO EXPORTADOR Restauración de la Independencia: cuando la economía produjo ciudadanía política
Aquí hay una precisión que debemos incorporar con mucha más fuerza al debate contemporáneo y debe ser más estudiada y subrayada. El Cibao no solamente produjo alimentos. Generó productos exportables, divisas, comerciantes, empresarios, instituciones y una cultura económica vinculada al mercado internacional. El tabaco ocupó un lugar central. Santiago se convirtió en centro de acopio del tabaco producido en el Cibao antes de su traslado a Puerto Plata y posterior comercialización con casas extranjeras, particularmente europeas. La economía tabacalera articuló agricultura, comercio y exportación.
El autor e investigador a subrayar es Pedro Francisco Bonó, no Pedro Henríquez Ureña como equivocadamente subraya CEPAL. Bonó comprendió extraordinariamente bien esa relación entre pequeña propiedad, producción y movilidad económica. La agricultura campesina cibaeña podía estar vinculada simultáneamente al autoconsumo, al mercado nacional y a la exportación. Estudios sobre la agricultura cibaeña muestran que tabaco, café y cacao formaron parte de una agricultura comercial campesina, mientras Santiago funcionaba como centro de acopio y articulación comercial regional.
Esta característica ayuda a explicar por qué la economía cibaeña adquirió una dimensión política tan importante. El productor pequeño no era simplemente un campesino: era también un agente económico conectado con el mercado. Y cuando una sociedad productora comienza a comerciar, exportar y acumular capital, también comienza a reclamar reglas, instituciones, representación y participación.
Por eso no resulta casual que el Cibao estuviera en el centro de la Guerra de la Restauración de la Independencia 1863-1865. Santiago fue escenario decisivo de la confrontación y llegó a funcionar como capital de la República restauradora. La Restauración debe entenderse, por tanto, no solamente como una epopeya militar. También fue expresión de una sociedad regional con intereses económicos, identidad territorial y una creciente conciencia de autonomía política.
GOBIERNOS DE BAEZ: Revolución de 1857: economía, moneda y democracia
Hay una tercera precisión todavía más reveladora. La Revolución del 7 de julio de 1857, iniciada en Santiago, mostró con extraordinaria claridad que las disputas económicas podían transformarse en conflictos políticos de alcance nacional. Sin embargo, los enfrentamientos al modelo Báez continuaron por el curso de sus seis gobiernos. Desde el Gobierno de los Seis Años (1868-1874). En total, Báez ocupó la presidencia en cinco ocasiones constitucionales, y sus políticas centralizadoras, autoritarias, corruptas y de carácter anexionista, provocaron una resistencia económica, civil y militar permanente
El enfrentamiento con el presidente Buenaventura Báez estuvo profundamente relacionado con la política monetaria y con la economía del tabaco. Los productores cibaeños habían vendido su cosecha y enfrentaron posteriormente una fuerte pérdida del valor de la moneda en que habían recibido sus pagos. El conflicto terminó generando una rebelión política que estableció en Santiago un gobierno provisional encabezado por José Desiderio Valverde.
El episodio es fundamental para comprender la cultura económica y política del Cibao. No se trataba únicamente de una disputa entre Santiago y Santo Domingo. Era un conflicto alrededor de producción, comercio, moneda, propiedad, poder territorial y reglas económicas.
El mensaje histórico es extraordinariamente moderno: cuando un territorio produce riqueza, pero considera que las reglas económicas e institucionales perjudican a sus productores, esa tensión puede convertirse en una demanda de transformación política. Por eso Santiago y el Cibao deben ser estudiados como uno de los laboratorios históricos dominicanos donde economía y democracia comenzaron a interactuar de manera particularmente intensa.
DE LA ECONOMIA AGRÍCOLA A LA ECONOMIA MUNDIAL
APEDI se creó en 1961 como resultado de los procesos precedentente descritos. Hizo significativos aportes destacados por todos, pero la mirada debe ser más amplia, exhaustiva y analítica.
SANTIAGO 1990-2026. La cuarta transformación es la que conecta directamente esta historia con la CEPAL 41.
Santiago no abandonó su vocación exportadora: la transformó. El tabaco pasó progresivamente de hoja agrícola a una compleja cadena agroindustrial y manufacturera internacional. Posteriormente, la ciudad incorporó zonas francas, manufactura, agroindustria, comercio, servicios, educación, salud, logística, construcción y nuevas actividades vinculadas a la economía del conocimiento. La Zona Franca de Santiago fue creada en 1973 y su administración fue confiada a una corporación sin fines de lucro bajo dirección empresarial regional. Entre 1973 y 1983, las empresas establecidas en las zonas francas del país pasaron de 15 a 101, y la década de 1980 abrió etapa de fuerte expansión exportadora.
La Ley 8-90, sobre Fomento de Zonas Francas, consolidó posteriormente un marco para esta transformación. El proceso continuó con la diversificación de la manufactura, exportaciones y la inversión. El resultado es significativo: la CEPAL identifica a Santiago como el segundo polo económico e industrial dominicano, corazón productivo del Cibao, y señala que la ciudad concentra aproximadamente el 39 % de las empresas de zonas francas del país, además de su reconocimiento como capital mundial del tabaco. Aquí aparece la gran continuidad histórica.
Santiago del siglo XXI sigue haciendo lo que hizo durante siglos
La diferencia es la escala. Antes salían tabaco, café y cacao por Puerto Plata hacia Europa. Hoy afloran productos industriales, cigarros, manufacturas y servicios hacia Estados Unidos, Europa, Centroamérica, el Caribe y otros mercados internacionales. Antes la riqueza se organizaba alrededor del pequeño productor agrícola y comerciante.
Hoy participan empresas industriales, zonas francas, universidades, centros tecnológicos, emprendedores, exportadores, trabajadores especializados, instituciones financieras y redes empresariales. La estructura cambió. La vocación territorial permaneció.
CEPAL 41: de la historia a una nueva agenda de desarrollo
Por eso la presencia de la CEPAL en Santiago debe ser aprovechada como una oportunidad para discutir no solamente lo que Santiago ha sido, sino lo que puede representar para el próximo ciclo de desarrollo dominicano. La CEPAL 41 tiene como documento central Gestión de las transformaciones en una era de rupturas, mientras su agenda aborda geopolítica, integración regional, desarrollo productivo, macroeconomía, fiscalidad y nuevas oportunidades para América Latina y el Caribe. En ese contexto, Santiago puede ofrecer una experiencia particularmente interesante: cómo un territorio agrícola y minifundista construyó una economía exportadora; cómo esa economía ayudó a formar una cultura política; cómo evolucionó hacia la industrialización; y cómo hoy puede dar el salto hacia innovación, tecnología, conocimiento y nuevas cadenas globales de valor.
Estas cuatro precisiones las devastaciones y el reordenamiento territorial; la economía campesina exportadora y la Restauración; la Revolución de 1857 y la relación entre economía y democracia; y la transformación exportadora e industrial de 1990-2026, deberían formar parte de cualquier conversación o panel científico sobre el rol histórico de Santiago en el desarrollo nacional.
Santiago no llegó a la CEPAL por casualidad. Lo consiguió con una historia económica de más de cuatro siglos, una cultura productiva profundamente vinculada al Cibao y una experiencia de transformación que ahora debe convertirse en una nueva plataforma de desarrollo nacional e internacional. Ese es, quizás, el principal mensaje que Santiago puede entregar a América Latina y el Caribe desde la CEPAL 41: los territorios no solamente reciben el desarrollo; también pueden producirlo, organizarlo y proyectarlo hacia el mundo.
