Llega el otoño. Pero ya antes incluso de que los árboles desprendan sus primeras hojas, un aroma inconfundible se apodera del ambiente: canela, nuez moscada, jengibre, clavo y pimienta de Jamaica. Todo esto, envuelto en un particular sabor: el de la calabaza dulce.
Porque, para las grandes marcas, el verano boreal ya es cosa del pasado: sin importar si todavía hace calor, ha arrancado de manera oficial la antesala de Halloween y la atmósfera festiva de la “spooky season”.
Sin embargo, lo que a principios del siglo XXI comenzó como una prueba arriesgada en un laboratorio de bebidas es hoy la denominada “economía del pumpkin spice”: un auténtico fenómeno global que, de acuerdo con Forbes, moviliza cientos de millones de dólares cada año.
Para comprender cómo se forjó este imperio comercial hay que viajar en el tiempo hasta la primavera de 2003, a la sede central de Starbucks en Seattle. La compañía tenía una asignatura pendiente: encontrar un producto estrella capaz de impulsar el consumo durante el cambio de estación hacia el otoño.
Con esa misión en mente, el equipo de innovación en café, capitaneado por el director de producto Peter Dukes, a quien la cultura interna terminaría apodando como el “padre del Pumpkin Spice Latte” (PSL), se atrincheró en su particular sanctasanctórum: el Liquid Lab.
Según documentó Business Insider, barajaron cerca de un centenar de opciones. Y, aunque la senda más segura apuntaba a sabores tradicionales como el chocolate, la vainilla o el caramelo, una alternativa rompió los esquemas: trasladar el perfil de una clásica tarta de calabaza (“pumpkin pie”) a una taza humeante de café con leche.
Al principio, los pronósticos no eran especialmente halagüeños. Tal como recogió Fox Business, los sondeos de mercado iniciales arrojaban una tibia intención de compra entre los encuestados. No obstante, el concepto destacaba con calificaciones extraordinarias en originalidad. Frente a la duda, Dukes y su equipo optaron por confiar en su intuición.
La fase experimental rozó lo casi artesanal. Los desarrolladores llevaron tartas de calabaza enteras al laboratorio para rociarles café espresso directamente encima, buscando entender de primera mano cómo dialogaban las texturas, los aromas y las notas químicas en el paladar.
Porque “la idea de la calabaza en una bebida no existía”, recordó Peter Dukes años después para Business Insider: “Así que empezamos a verter chupitos de espresso sobre tartas de calabaza y a probarlo, haciéndonos una idea de a qué sabían al combinarse… Y nos dimos cuenta: vaya, esto está realmente rico”.
La prueba de fuego llegó en el otoño de 2003 con un ensayo limitado a un centenar de establecimientos repartidos entre Washington D.C. y Vancouver (Canadá). La respuesta desbordó cualquier previsión: el ritmo de ventas pulverizó las metas iniciales y muchos consumidores volvían al mostrador varias veces por semana a por su vaso.
Por Norberto Rubio
