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¿Qué futuro le dejando a nuestros jóvenes?

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Decía Don Bosco que la juventud es como el agua de los ríos: puede ser desviada, pero jamás detenida. La frase encierra una verdad que República Dominicana debería tomar mucho más en serio. Una juventud bien orientada puede convertirse en la mayor fuerza de transformación de un país; pero una juventud sin oportunidades, sin empleo digno, sin educación de calidad y sin esperanza también puede convertirse en el terreno más fértil para la delincuencia, la frustración y la emigración.

Con frecuencia escuchamos al Gobierno anunciar cuántas becas ha entregado, cuántos programas ha creado, cuántos jóvenes han sido beneficiados y cuántas iniciativas se han puesto en marcha en favor de la juventud. Y naturalmente hay que reconocer lo que se hace bien. Pero existe una pregunta que debemos atrevernos a formular, sin importar quién gobierne: ¿estamos midiendo realmente los resultados de esas políticas? ¿Las oportunidades que estamos creando están cambiando la vida de nuestros jóvenes o simplemente estamos contando beneficiarios?

Porque entregar una beca no es lo mismo que transformar una vida. Construir un programa no significa necesariamente resolver un problema. La verdadera evaluación debería comenzar después de la fotografía, después del acto oficial y después del discurso: ¿cuántos de esos jóvenes consiguieron un empleo digno?, ¿cuántos pudieron emprender?, ¿cuántos permanecieron en el país?, ¿cuántos lograron mejorar sus ingresos?, ¿cuántos dejaron atrás condiciones de vulnerabilidad?, ¿cuántos hoy pueden formar una familia sin vivir atrapados en la precariedad?

Ese es el debate que todavía nos falta.

República Dominicana ha experimentado crecimiento económico y ha conseguido avances importantes, pero el crecimiento de la economía no siempre se siente de la misma manera en todos los hogares. Para una familia que recibe un salario fijo, poco importa que el Producto Interno Bruto crezca si cada mes el dinero alcanza para comprar menos. Poco importa escuchar que la economía está creciendo cuando el joven que acaba de graduarse no consigue trabajo, cuando el salario inicial no le permite independizarse y cuando comprar una vivienda parece una posibilidad reservada para una etapa de la vida que cada vez se aleja más.

La realidad es que muchos jóvenes están comenzando su vida adulta cargando desde temprano con una enorme presión económica. Se les exige preparación, experiencia, idiomas, habilidades digitales y productividad, pero cuando salen al mercado laboral descubren que el salario que pueden conseguir no necesariamente guarda relación con el costo de la vida.

Y mientras tanto, la canasta familiar sigue siendo una preocupación cotidiana. Los precios de los alimentos, el transporte, la vivienda, los servicios y otros gastos esenciales pesan cada vez más sobre los ingresos familiares. La libertad de empresa es un principio que debemos defender, pero libertad económica no puede significar indiferencia frente al consumidor. Una economía saludable necesita empresas fuertes, pero también competencia efectiva, transparencia y mecanismos que impidan prácticas abusivas.

No podemos pedirle a una generación que piense en ahorrar, comprar una vivienda, formar una familia y construir patrimonio cuando apenas está intentando sobrevivir con su primer salario.

Y aquí aparece una de las preguntas más delicadas: ¿qué estamos haciendo para que nuestros jóvenes encuentren razones suficientes para quedarse?

Cada año escuchamos historias de jóvenes que quieren marcharse. Algunos toman la decisión de emigrar por vías legales; otros asumen riesgos enormes intentando llegar a Estados Unidos y algunos terminan permaneciendo en condición migratoria irregular, convencidos de que incluso esa incertidumbre puede ofrecerles una posibilidad de mejorar su calidad de vida que no encuentran en su propio país.

Por Norberto Rubio

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