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Respuesta latinoamericana a amenazas desestabilizadoras

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América Latina llega al nuevo episodio de inestabilidad internacional con mejores instituciones monetarias, mayor experiencia en la administración de reservas y sistemas cambiarios más flexibles que los existentes durante muchas crisis del pasado. Sin embargo, esas fortalezas no eliminan la vulnerabilidad frente a una eventual reversión de los flujos internacionales.

Los datos muestran que los capitales financieros de cartera y otros flujos presentan una volatilidad considerable, mientras que la IED ofrece una fuente relativamente más estable de financiamiento externo. Por esa razón, la estrategia regional debe orientarse a incrementar la calidad y permanencia de la inversión extranjera, más que simplemente aumentar su volumen.

La respuesta latinoamericana frente a las influencias desestabilizadoras debe sustentarse en cinco pilares: disciplina fiscal, reservas internacionales adecuadas, flexibilidad cambiaria, supervisión de los riesgos financieros y una política activa de atracción de IED vinculada al desarrollo productivo.

El verdadero desafío no consiste en impedir que el capital salga, porque ello es imposible en economías abiertas. Consiste en lograr que, cuando las condiciones internacionales se deterioren, las salidas no provoquen una crisis cambiaria, bancaria o fiscal.

En última instancia, la estabilidad externa de América Latina dependerá menos de la cantidad de capital que ingrese en los años favorables y más de la capacidad de sus economías para resistir cuando ese capital deje de llegar.

América Latina había mostrado una importante capacidad de fortalecimiento macroeconómico y financiero antes de la nueva escalada militar en el Medio Oriente. El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, iniciado el 28 de febrero de 2026, introdujo un nuevo elemento de incertidumbre sobre los mercados internacionales, los precios de la energía, las tasas de interés y los movimientos de capital. La guerra continúa afectando las expectativas económicas internacionales y ha elevado nuevamente los riesgos asociados con el petróleo, las cadenas de suministro y las condiciones financieras. (Reuters)

La experiencia latinoamericana demuestra que los períodos de abundante liquidez internacional pueden convertirse rápidamente en episodios de salida de capitales cuando cambian las expectativas de los inversionistas. Por eso, el debate actual no debe limitarse a cuánto capital recibe la región, sino a qué tipo de capital recibe, durante cuánto tiempo permanece y qué capacidad tienen las economías para soportar una eventual reversión.

Durante los últimos años, los países financieramente más integrados de América Latina —Brasil, Chile, Colombia, México, Perú y Uruguay— han continuado recibiendo importantes flujos externos. A ellos se incorpora en este análisis la República Dominicana, cuya economía ha incrementado su integración financiera y su capacidad de atraer inversión extranjera directa.

La CEPAL registra una diferencia fundamental entre la inversión extranjera directa y los demás movimientos financieros. La primera suele presentar una mayor permanencia porque está vinculada a empresas, instalaciones productivas, infraestructura, servicios y proyectos de largo plazo. En cambio, la inversión de cartera y otros movimientos financieros pueden responder con mucha mayor rapidez a cambios en las tasas de interés internacionales, las expectativas cambiarias, los precios de los activos y el riesgo geopolítico.

Esta distinción es fundamental para interpretar la situación actual.

Por Norberto Rubio

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