El mundo contemporáneo asume que la sociedad busca sumergirse en tendencias prefabricadas en todos los órdenes de la vida, incluido el plano político. Respaldado por la hiperconectividad global mediante plataformas digitales, este fenómeno ha provocado que las “ideologías” se vendan como arroz instantáneo de microondas: precocidas, empaquetadas con el color de nuestra preferencia y listas para el consumo masivo inmediato.
A menudo tropezando con la razón y la lógica, estas ideologías express buscan encasillar dentro del espectro político a cualquiera que pretenda sostener una postura pública, apostando a que la inmediatez de la opinión se imponga sobre el pensamiento crítico. Antes, las ideologías (como el arroz, ya sea local o importado) nos ofrecían no solo opciones (sea granearlo o apatarlo´ al gusto), sino que también nos exigían paciencia y sabiduría a la hora de su cocción. En la actualidad, sin embargo, nos adentramos en un mundo cada vez más polarizado entre derechas e izquierdas avasallantes, y donde la “viralidad” alcanza mayor cobertura que la propia veracidad. Así, terminan ejerciéndose aquellas ideologías como “derecho”; típicamente, como una suerte de derecho a la incoherencia.
Tal como lo anticipó José Ortega y Gasset en su visionario ensayo La rebelión de las masas, el mundo se ha expandido y, con él y en él, la vida que se ha mundializado. Para la década del 1930, el filósofo español ya responsabilizaba al periódico ilustrado y a “la pantalla” de situar ante la vista inmediata de todo individuo una perspectiva de habitar el planeta entero, superando la limitación de nuestro entorno geográfico. Explicaba Ortega que este fenómeno impactaba con mayor fuerza en el “hombre masa” u hombre medio: una figura caracterizada por la obstinación, despojada de su historia y pasado y, por carecer de una intimidad suya, sumisa ante cualquier consigna “internacional”.
Este perfil humano da por sentado que posee únicamente derechos y ninguna obligación, y al carecer de una identidad estructurada, manifiesta hacia el liberalismo una “hostilidad que se parece a la del sordo hacia la palabra”. Ortega caracterizaba a esta criatura, sin distinción de clase social, como una persona vulgar, entendiéndose la palabra “vulgaridad” como la desaparición de la variedad. Vulgar, pues, será quien rechaza lo diferente, el liberalismo y la pluralidad. Finalmente, sentenciaba Ortega que “el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el [atrevimiento] de afirmar el derecho de la vulgaridad y lo impone dondequiera… Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado.”
A esta silueta humana del mundo actual, presentes globalmente sin excepción de nuestro país, le resulta sencillo (por ejemplo) tildar de “ley mordaza” el endurecimiento de las sanciones por difamación en el Código Penal y protestar ante un supuesto ataque a la libertad de prensa en su propia nación. Ello ocurre precisamente en el mismo territorio donde el periodismo se ejerció de manera abierta y plena incluso durante el Estado de Emergencia decretado ante la pandemia del COVID-19.
Simultáneamente, este mismo individuo aclama a Nayib Bukele como “el mejor presidente del mundo”, olvidando que El Salvador permanece bajo un Estado de Excepción desde 2022 y que allí las libertades de prensa y expresión han sufrido graves vulneraciones. Estas restricciones se remontan al inicio de la pandemia, cuando los periodistas fueron excluidos de las excepciones de circulación, y persisten hasta la fecha, en un contexto de acoso gubernamental y fabricación de cargos que ha obligado al exilio a una parte sustancial del periodismo independiente y de investigación salvadoreño.
A ese mismo espectador de un mundo hiperinflado y vertiginoso le resulta “razonable” la política migratoria promovida por la administración de Donald Trump. Una política que, si bien persigue y detiene al inmigrante en situación irregular surgido del desorden fronterizo de la administración demócrata, cancela a la vez vías de migración legal y regulada como el Estatus de Protección Temporal (TPS) para los ciudadanos haitianos, mientras mantiene dicho beneficio de forma indefinida para los salvadoreños. Todo ello en un contexto donde El Salvador se promociona internacionalmente como el país más “seguro” del hemisferio, mientras Haití lidera los índices de pobreza y violencia regional. Se aplauden, así, posturas contradictorias de una gestión que proclama que la migración no es un derecho sino un privilegio, mientras comercializa residencias doradas a precios de acceso privilegiado.
He aquí, pues, el nudo del asunto: buscamos denunciar un “genocidio” religioso contra cristianos mientras se minimiza (en casos extremos, se niega directamente) la limpieza étnica que ocurre ante nuestros ojos en la Franja de Gaza. Se ha derechizado la figura de Cristo y reducido a un solo molde el Pueblo de Dios, al tiempo que se ignora cómo las bombas caen, no solo sobre escuelas y hospitales, sino también sobre templos católicos y congregaciones cristianas en Tierra Santa, afectando a poblaciones palestinas, sirias y libanesas. Se evidencia una hipocresía similar entre quienes se proclaman “pro-vida” y apelan a dogmas religiosos para incidir sobre el cuerpo en gestación antes del parto, pero deciden justificar o callar ante la muerte de inocentes y la devastación de las condiciones de vida de las futuras generaciones por nacer.
Bajo esta lógica simplista, Cristo no habría sido crucificado por cuestionar el orden político-religioso, las élites locales ni la estructura del Imperio Romano, sino única y abstractamente “por nuestros pecados”. Sin embargo, aún bajo ese prisma, pareciera que tales pecados se perdonan según la letra chica del contrato: según quién, contra quién y dónde se cometan.
Siguiendo a Ortega y Gasset, parece que asumimos como propio únicamente el terreno de los derechos y privilegios, pero rehuimos a los compromisos, las obligaciones y los deberes. Es decir, como ciudadanos globales reclamamos el derecho a la libertad de expresión, pero evadimos el deber de frenar la proliferación de la difamación, el discurso de odio y la desinformación. Exigimos la autodeterminación de los pueblos, pero nos negamos a respetar ese mismo principio cuando implica suspender nuestra propia injerencia. Es así como nuestros fracasos suelen percibirse como algo local y nuestros logros como méritos extranjeros. No nos sentimos parte del problema porque lo local ha dejado de identificarnos, y la responsabilidad de estos siempre recae en los demás.
Por Norberto Rubio
