Luis llegó prometiendo ruptura.
El orden anterior estaba agotado. La confianza se deterioraba y una parte creciente de la sociedad sentía que las viejas estructuras ya no la representaban.
Se presentó como algo distinto: moderno, reformador, abierto a nuevas voces y dispuesto a romper con las formas del pasado.
Al principio casi siempre funciona.
Para sostener aquella ruptura necesitaba aliados fuera de los círculos tradicionales del poder. Abrió espacios a sectores antes ignorados, reconoció nuevos interlocutores y entendió que una parte creciente de la conversación ocurría fuera de las instituciones.
El error no fue abrir la puerta.
Fue creer que decidiría cuándo cerrarla.
Porque la legitimidad, una vez entregada, adquiere vida propia.
Sin necesidad de antesalas ni títulos.
Un poder alimentado por la calle, el descontento y la capacidad de convertir emociones dispersas en presión pública.
Por Norberto Rubio
