NOTA DEL AUTOR: Este artículo forma parte de una serie de tres Estudios de Caso sobre comunicación presidencial permanente, continua con esta entrega sobre Donald Trump, expresión extrema de la personalización y la hipercomunicación, y concluirá con Andrés Manuel López Obrador, quien desde las antípodas convirtió durante seis años sus conferencias mañaneras en un instrumento sistemático para disputar y conservar el control de la narrativa pública.
TESIS: Trump no necesita que todos crean lo que dice; necesita que nadie pueda permitirse ignorar lo que dice. Ahí descansa buena parte de la eficacia de su hipercomunicación: una imprevisibilidad deliberada, estrechamente vinculada a su manera personalista de ejercer el poder, que obliga a gobiernos, aliados, adversarios, mercados y medios a interpretar constantemente sus palabras y tratar de anticipar cuál será su próximo movimiento.
El presidente Donald Trump representa la expresión más extrema de la personalización de la comunicación presidencial permanente, porque desde su primer mandato convirtió su palabra y sus redes sociales en una extensión directa de la Casa Blanca, desplazando frecuentemente a portavoces y asesores, mientras declaraciones oficiales, amenazas, opiniones personales, ataques contra adversarios y decisiones de Estado terminan integrándose dentro de un mismo torrente comunicacional.
Su gran fortaleza consiste precisamente en comunicarse sin intermediarios, dominar la conversación pública y obligar a adversarios, aliados, gobiernos y medios a reaccionar frente a los temas que coloca sobre la mesa, pero esa capacidad contiene también su mayor elemento perturbador, porque muchas veces desaparece la frontera entre la palabra institucional del presidente y la reacción personal del dirigente político.
Trump no solamente comunica de manera permanente, sino que introduce deliberada o espontáneamente un componente adicional: la dificultad de anticipar cuál será su próximo movimiento, una lógica impredecible que puede cambiar de tono, táctica, prioridad o respuesta según las circunstancias y que, aun cuando responda a determinada racionalidad interna, posee capacidad para dislocar escenarios y obligar a los demás actores a reajustar continuamente sus posiciones.
La imprevisibilidad como instrumento de poder
Esa conducta remite inevitablemente a la denominada “Teoría del Loco”, asociada históricamente con Richard Nixon, quien durante la guerra de Vietnam procuró proyectar ante sus adversarios la imagen de un presidente capaz de adoptar decisiones desproporcionadas, buscando que el temor frente a una posible reacción irracional otorgara credibilidad a amenazas que bajo la lógica diplomática convencional podían parecer poco probables.
La comparación con Trump no resulta caprichosa, porque estudios contemporáneos sobre política exterior han encontrado importantes paralelismos entre ambos mandatarios en la utilización de la imprevisibilidad como instrumento de negociación, aunque establecer una equivalencia absoluta sería arriesgado, pues en Nixon existía evidencia de una construcción deliberada de aquella imagen, mientras alrededor de Trump permanece abierta la discusión acerca de cuánto corresponde al cálculo y cuánto a su propia personalidad política.
Lo importante para este estudio no consiste en determinar si Trump aplica conscientemente una doctrina concebida hace más de medio siglo, sino observar cómo su hipercomunicación produce un efecto semejante: adversarios y aliados deben conceder importancia incluso a declaraciones aparentemente desmesuradas porque no pueden descartar totalmente que terminen convirtiéndose en decisiones presidenciales.
De ahí que amenazas arancelarias, disputas con gobiernos considerados aliados, anuncios territoriales, cambios abruptos frente a determinados dirigentes y decisiones que contradicen posiciones asumidas anteriormente produzcan una suerte de estado de alerta permanente, donde cada declaración obliga a gobiernos, mercados, diplomáticos y medios a preguntarse cuándo existe de amenaza, cuánto de instrumento negociador y cuándo terminará transformándose realmente en política de Estado.
Por Norberto Rubio
