Considerado por algunos como “sportswashing” -lavado de imagen a través del deporte- y por otros como un proyecto excesivamente ambicioso y grandilocuente, la perspectiva de un Gran Premio de Fórmula 1 en Ruanda ha provocado airadas reacciones tanto dentro como fuera del país.
El gobierno presenta la iniciativa como una importante “inversión en el futuro de Ruanda”, con una prueba que comenzará a organizarse a principios de la década de 2030, sin precisar el año.
El martes, Kigali organizó una fastuosa ceremonia para anunciar el acuerdo “histórico” entre Ruanda, la entidad propietaria de la Fórmula 1 y la Federación Internacional del Automóvil (FIA).
País sin salida al mar y todavía ampliamente asociado con el horrible genocidio de 1994, Ruanda ha recurrido al deporte para renovar su imagen, atraer turistas e impresionar a los inversores con su eficacia organizativa.
El evento promete glamour con el telón de fondo de las verdes colinas y la rica fauna de Ruanda, todo retransmitido a una audiencia global.
La Fórmula 1 se promociona como el tercer acontecimiento deportivo más visto del planeta, solo por detrás de los Juegos Olímpicos y la Copa Mundial de la FIFA.
Sin embargo, el proyecto ha generado indignación en algunos sectores, incluida Amnistía Internacional, que lo condenó de inmediato como un acto de “sportswashing”.
La ONG acusa a Kigali de “comprar participación en los deportes más importantes del mundo para pulir su imagen y desviar la atención de su espantoso historial en materia de derechos humanos”.
Esta misma crítica se ha dirigido a la Fórmula 1 en varias ocasiones anteriores. En su empeño por expandirse a nivel mundial, este deporte ha forjado numerosos acuerdos con gobiernos cuyo historial en derechos humanos es cuestionable, incluidos China y Azerbaiyán.
El año pasado, Ruanda se convirtió en la primera nación africana en acoger con éxito los Campeonatos Mundiales de Ciclismo.
Por Norberto Rubio
